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El eminente naturalista don Antonio Raimondi, nació en
Milán - Italia en 1826 y desde temprana edad sintió
la vocación por las ciencias naturales, recorriendo el territorio
de su patria, donde también luchó por el proceso de
unificación.
Llegó al Perú como cumpliendo un mandato ineludible
del destino. "Un día estando como de costumbre en el
Jardín Botánico de Milán, presencié
por casualidad el corte de un raro cactus peruano. La mutilación
de este patriarca de los cactus, que era una de las plantas de mi
predilección, me produjo un vago pesar, como si hubiera sido
un ser animado y sensible, y esa extraña circunstancia hizo
nacer en mi la primera simpatía al Perú, su patria,
presagio sin duda de mi futuro viaje a este país". Así,
decía el sabio, se había iniciado el apasionado romance
al que dedicó su vida. Si el episodio del cactus fue un presagio,
el haber desembarcado en el Callao cuando la joven república
del Perú celebraba sus primeros 29 años de Independencia
(28 de Julio de 1850), quizá fuera también una clara
señal.
Jamás volvería a Milán, la tierra donde había
nacido un 19 de setiembre. Raimondi habría iniciado su aventura
peruana antes de 1850 si el amor patrio no lo hubiera impulsado
a participar en las cinco jornadas de Milán y unirse a los
voluntarios de Garibaldi en la defensa de Roma de 1849. Por eso
recién al año siguiente el 08 de enero de 1850 parte
de Niza en el velero de carga "La Industria". Tres jóvenes
y alegres compañeros viajaban con él, uno de ellos
sería el mejor de sus amigos hasta el último de sus
días: Arrigoni. Quedaban atrás paseos infantiles,
sus sueños por conocer misterios del Nuevo Mundo, los libros
que le hicieron comprender que lo suyo eran las Ciencias Naturales.
Atrás quedaba también aquél invernadero donde
un extraño cactus se enseñó a amar al Perú.
Todos los días que le quedaban los dedicó al estudio
de este país que asumió como suyo. Durante casi veinte
años (desde 1850 a 1869), recorrió todos los caminos;
Basadre lo dice así: "Viajó por desiertos y quebradas,
por valles y montañas y por senderos de cabras y otros peores...Caminó
a pie, a caballo, en mula, en burro, sobre la espalda de un "chimbador",
en canoa o en "caballito de totora"- estuvo en las ciudades
progresistas o dormidas; en las aldeas inhospitalarias....Visitó
los grandes ríos como el Amazonas ...y también el
lago Titicaca y las fronteras con Ecuador, Brasil y Bolivia. Estudió
el guano , el salitre, diversas aguas termales, las plantas que
curan y las plantas que emponzoñan, las armas, las flechas
y lanzas de los selvícolas, minas de oro, carbón o
cobre que enriquecieron a otros, la coca la cascarilla, el café,
y llegó hasta a señalar el período más
propicio para la caza de los lobos marinos. Cayó víctima
de la verruga... el soroche, vio de cerca la lepra, la uta, la tuberculosis,
la malaria y la fiebre amarilla. Siguió su ruta inerme y
frágil....teniendo que dibujar las plantas que no podía
fotografiar...dedicado íntegramente a la búsqueda
de los secretos en los campos de la botánica, la zoología,
la química, la mineralogía, la geografía.
Sus infatigables recorridos le permitieron llegar hasta templos
y construcciones olvidadas en la espesura de los bosques. Así
por ejemplo en 1873 difundió la existencia de una piedra
de granito de forma rectangular.. es perfectamente llana y pulida.
El dibujo representa una caricatura de hombre, que tiene en las
dos manos una epecie de cetro, formado de un haz de culebras, y
sobre la cabeza un gran adorno, en el que entran nuemrosas culebras
y grandes bocas con colmillos...parece que el que trabajó
esta piedra tuvo la idea de representar el "Genio del Mal"...Era
nada y nada menos, que la estela de Chavín de Huantar, misteriosa
obra de cuyos artífices poco hemos logrado averiguar.
Terminados sus viajes, el sabio dedicó sus fuerzas para
ordenar, redactar y dar a conocer los resultados de sus investigaciones
de campo, así surgieron monumentales obras como El Perú,
un homenaje del sabio a este país inmensamente contradictorio
que él, como pocos, había conocido en todas sus facetas.
Además elaboró un mapa El Atlas del Perú cuya
precisión fue superada solo , después del descubrimiento
de modernas tecnologías. Entre sus muchas obras están:
"Informe sobre la existencia de guano en las islas de Chincha",
"Apuntes sobre la provincia litoral de Loreto", "El
departamento de Ancash y sus riquezas minerales", "Aguas
minerales del Perú". Escribió en "Anales
Universitarios", "Gaceta Médica", "Anales
de la Sociedad de Farmacia", "Boletín de las Sociedad
Geográfica", colaboró en "El Comercio",
"El Peruano".
Raimondi fue mucho más que un investigador, fue maestro,
fue ejemplo de honestidad, hombre puro, al que poco le interesó
la figuración y la oficialidad, el mensaje del sabio de amor,
de integración. Sabía que los tiempos difíciles
no pueden durar para siempre, por eso repetía sin cesar:
"No hay que perder la fe...en el libro del destino del Perú
está escrito un porvenir grandioso".
La vida de Antonio Raimondi se apagaba, allí junto a la
débil luz de una velita, rodeado del cariño pródigos
cuidados de la menor de sus hijas, Elvira y de su entrañable
amigo Alejandro Arrigoni. Afuera blancas y enormes estrellas descubrían,
junto a los charcos la silueta de sapos arrancándole zancudos
al aire con sus lenguas pegajosas.
Raimondi sentía que la hora le llegaba y se esforzó
por volver a recorrer con la mente aquellos paisajes que guardaban
la huella de sus infatigables y eternos pasos, aves majestuosas,
tambores, voces extrañas...todas las imágenes de esta
tierra se le confundían con el cielo y a las diez de la noche
de ese domingo 26 de octubre de 1890 a la edad de sesenticuatro
años, Raimondi cerró para siempre los ojos, habiendo
dedicado cuarenta años de esa vida que se le extinguía
a su más grande amor: el Perú.
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